Mi hijo me rechaza por culpa de mi ex pareja, ¿qué puedo hacer?

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Hace unas semanas, se publicó la noticia de que el diccionario de la Real Academia Nacional de Medicina había incluido en su definición de maltrato infantil el siempre polémico Síndrome de Alienación Parental (SAP), un trastorno que ha estado en el debate científico durante las tres últimas décadas, y que actualmente continúa generando dudas en los juzgados de todo el mundo.

Este término fue creado en 1985 por un psiquiatra norteamericano llamado Richard Gardner. Este trabajaba como perito judicial en casos de custodia, defendiendo a padres que habían sido acusados de abuso o maltrato hacia sus hijos. Para argumentar esta teoría, fueron escasas las pruebas que presentó, y en numerosas ocasiones utilizaba referencias bibliográficas correspondientes a auto-citas de su propio trabajo, por lo que las críticas no se hicieron esperar.

¿En qué consiste exactamente?

Gardner lo definía como un trastorno infantil que aparece en el contexto de los conflictos legales sobre la custodia de los hijos y que se manifiesta principalmente por la campaña de denigración de un hijo hacia uno de sus padres, debido a un “lavado de cerebro” por parte del otro progenitor (generalmente señalaba a la madre como responsable de estas manipulaciones).

El menor alienado emplearía justificaciones débiles para explicar su rechazo, no mostraría ambivalencia (todo es bueno en un progenitor y malo en el otro), aceptaría de forma incondicional todas sus explicaciones, usaría palabras o expresiones que no se corresponden a su edad y este desprecio se trasladaría a la familia del progenitor rechazado.

¿El síndrome de alienación parental cuenta con respaldo científico?

Los estudios empíricos disponibles (experimentales y estadísticos), además de ser escasos, presentan importantes limitaciones metodológicas en relación con los instrumentos de medición empleados y el sesgo de la muestra. A día de hoy, no existe consenso en elementos tan esenciales como su evaluación, prevalencia, curso o tratamiento.

Gardner llegó a reconocer esta falta de estudios empíricos sobre el SAP, y lo atribuyó a la novedad del fenómeno. Aún así, consideró que los datos obtenidos eran suficientes para ser aceptados con urgencia por la comunidad científica, apelando a la salud de los menores víctimas de este fenómeno.

En cuanto a la ausencia del síndrome en las principales clasificaciones de enfermedades, la llevada a cabo por la Organización Mundial de la Salud (CIE) se encuentra en revisión y prepara su nueva edición para el 2022. En ella, seguirá sin aparecer el término como tal, pero sí que podremos categorizarlo dentro de una nomenclatura similar: “QE52.0 Problemas de la relación entre el cuidador y el niño”, incluido dentro del epígrafe “QE52 Problemas asociados con las interacciones interpersonales en la infancia”.

En cuanto al Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales (DSM5), a pesar del esfuerzo de algunos de sus defensores, terminó por descartarse dentro de la clasificación, y actualmente se desconoce si aparecerá en próximas ediciones.

En España, la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN) rechaza el uso del término y habla de “Castillo en el aire”. Advierte de su falta de fundamento científico y señala los graves riesgos que conlleva su aplicación en corte judicial. Así mismo, acusa a Gardner de “intentar medicalizar lo que es una lucha de poder por la custodia de un hijo”.

¿Es aceptado el síndrome de alienación parental en el ámbito Jurídico?

El SAP no aparece como tal en nuestra legislación, pero nuestro Código Civil sí que prevé situaciones que pueden relacionarse con este término. La última guía del Consejo General del Poder Judicial del 2016, aconseja a los jueces no utilizar este síndrome y alega que el propio Tribunal Supremo lo rechaza como argumento legal. No obstante, aunque es tachado de  teoría pseudocientífica, cada juez puede tomar la decisión que estime oportuna.

En España, al igual que en otros países de nuestro entorno, se ha ido infiltrando en sentencias judiciales para cambiar la custodia o para llevar a cabo otras acciones legales de gran repercusión para el niño y la familia.

No obstante, la mayor parte de las resoluciones judiciales tienden a desestimar el SAP como argumento para el cambio de custodia, y apuntan la falta de evidencia científica sobre el mismo.

Riesgos de la etiqueta “síndrome de alienación parental”

A día de hoy, los defensores de este fenómeno no han sido capaces de determinar si un niño ha sido una víctima real de abuso, o producto de una manipulación. El propio Gardner admitió que la etiqueta podría haber sido empleada con fines poco éticos, donde el rechazo parental estaba justificado. Por ello, desarrolló la escala “Sex Abuse Legitimazy”, buscando establecer una diferenciación clara, y evitando así que víctimas reales de abuso terminaran diagnosticadas con el síndrome de alienación parental.

Nuevamente, no se conocen los datos de validez y fiabilidad de esta prueba con la que, además, recibió numerosas críticas por ser considerado un instrumento que protegía a los abusadores.

Otro peligro que podemos encontrar al señalar a un menor como víctima de este síndrome es restarle importancia a su testimonio, ya que cualquier cosa que el niño exponga podría ser considerado como el resultado de un “lavado de cerebro” por parte del progenitor alienante.

En consecuencia, se le termina restando voz y olvidando que lo que se busca precisamente en cualquier procedimiento de esta índole, es el interés superior del menor.

¿De qué hablamos entonces?

A día de hoy, los profesionales insisten en que el rechazo que se hace al síndrome de alienación parental por parte de la comunidad científica no es contrario a admitir que, en un proceso de separación, la relación de un menor con uno de sus progenitores pueda verse afectada.

Esto ocurre y no se pretende ocultar, sin embargo, no podemos entenderlo como un “trastorno mental”, ya que estamos hablando de problemas de relaciones interfamiliares, y esto, en sí mismo, no puede tildarse como enfermedad o patología.

En estos casos, hablamos de “interferencia parental”, que se caracteriza principalmente por el traspaso del rencor y el daño de la ruptura a los hijos.

Los niños terminarían adoptando el discurso de odio hacia el otro progenitor, y rechazando radicalmente cualquier aspecto relacionado con el mismo. Esta “interferencia parental” no distingue entre hombres y mujeres, pero históricamente, como las madres tenían la custodia casi exclusiva, sólo se veía en estos casos.

De ahí, que el síndrome de alienación parental se haya utilizado siempre como arma arrojadiza contra las mujeres en este tipo de procedimientos (evidenciando más tarde que ni es un síndrome, ni es exclusivo de este género).

¿Cómo se puede evitar el síndrome de alienación parental?

Actualmente, se recomienda la utilización de evaluaciones psicológicas forenses que evalúen la capacidad de los progenitores y que contemplen siempre como hipótesis la existencia de esta interferencia parental.

En países como Canadá, ya se dan programas educativos obligatorios que fomentan la coparentalidad positiva y que pretenden que los niños puedan contar con ambas figuras de apego y apoyo (evitando que los menores salgan perjudicados durante el proceso de separación, como normalmente ocurre).

Es importante que se continúe invirtiendo en aspectos tan fundamentales como la mediación, los programas educativos y la coordinación de parentalidad.

Las complejas y altamente conflictivas dinámicas familiares que nos encontramos en los juzgados, deben ser estudiadas específicamente, caso por caso, y evitar reducirlo a la simplicidad de un síndrome pseudocientífico.

Debemos implicarnos, estar a la altura y nunca olvidar la responsabilidad que tenemos a la hora de trabajar de forma coordinada, buscando siempre la rigurosidad y el bienestar de las distintas familias.

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