¿Sabes las diferencias entre un pedófilo y un pederasta?

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Es algo habitual en nuestra sociedad el confundir terminología, especialmente en campos como las ciencias sociales y jurídicas. Tenemos varios ejemplos. En la psicología, incluso entre estudiantes o profesionales, es incluso habitual confundir una personalidad “asocial” con una “antisocial”, o llamar “persona tóxica” de forma sistemática a cualquier persona cuya actitud que no nos guste. Y esta confusión no escapa a la temática de hoy: la pedofilia y la pederastia. ¿Son lo mismo? ¿Implica uno el otro? Vamos a ver, de forma superficial pero detallada, qué son estos conceptos y qué influencia tienen en nuestra sociedad.

¿Qué son la pedofilia y la pederastia?

Pedofilia

Lo primero es definir ambos conceptos. Sabemos que no son lo mismo, que tampoco son sinónimos y que, por mucho que nos empeñemos, no deben usarse de forma intercambiable cuando nos expresamos. La pedofilia se enmarca, en el manual de trastornos psicológicos, dentro del grupo de Trastornos Parafílicos, junto con el trastorno de voyeurismo, el trastorno de masoquismo sexual o el trastorno de fetichismo.

Para el diagnóstico de pedofilia se requiere que:

  • Durante un período de al menos 6 meses, haya excitación sexual intensa y recurrente derivada de fantasías, deseos sexuales irrefrenables o comportamientos que implican la actividad sexual con niños prepúberes (generalmente menores de 13 años).
  • Estos pensamientos, fantasías o comportamientos causen un malestar importante o problemas interpersonales.
  • El individuo tenga como mínimo 16 años y sea al menos cinco años mayor que el otro individuo

Este trastorno tiene una serie de características que, de cara al diagnóstico, son muy importantes. En primer lugar, se aclara que no se debe incluir a un individuo al final de la adolescencia que mantiene una relación sexual con una persona de 12 o 13 años. Después, se debe especificar si es de tipo exclusivo (la atracción es únicamente hacia menores) o no exclusivo. También se debe especificar si la atracción es por el sexo masculino, el femenino o ambos. Por último, se debe especificar si está limitado al incesto o no. Todas estas especificaciones nos van a permitir entender mucho mejor al individuo con este trastorno, hecho que nos permitirá, posteriormente, hacer una intervención individualizada y, por tanto, más eficaz.

Pederastia

Mientras que un pedófilo es aquel que siente atracción sexual por individuos prepúberes (niños), un pederasta es aquel que consuma el acto, entrando en un estado de ilegalidad. Es decir, un pederasta es aquel que comete un delito de carácter sexual contra un menor. La pederastia entonces requiere de la consumación del delito sexual contra menores, y una diferencia de edad significativa entre los individuos. 

De esta conceptualización sacamos entonces la principal diferencia: no todo pedófilo es pederasta. De hecho, es raro que un pedófilo pase la línea de las fantasías y pase a un terreno real, consumando el abuso sexual con un menor. Sin embargo, no todo pederasta es intrínsecamente pedófilo. Es decir, no por el hecho de consumar un abuso sexual de un menor se tiene una “excitación sexual intensa y recurrente derivada de fantasías, deseos sexuales irrefrenables o comportamientos con niños prepúberes”. 

Es muy importante no “hablar por hablar”, especialmente cuando nos estamos refiriendo a trastornos mentales o posibles etiquetas que son estigmatizantes. Por muchas ganas que tengamos de acusar a alguien de pedófilo por sus actos, debemos ser lo suficientemente prudentes como para analizar ese caso de forma individual y exhaustiva, entendiendo a la persona en toda su amplitud con el fin de ayudarla.

La imputabilidad de la persona pedófila

Como ya hemos visto, para la valoración de un término jurídico como la imputabilidad, se requiere un análisis de las capacidades cognitivas y volitivas, vistas y explicadas ya en un post anterior, que puedes leer aquí.

Esto es, si la persona en el momento de cometer el delito sabía discernir entre el bien y el mal, y si la persona era capaz, o no, de no cometer el presunto hecho delictivo.

Por lo general, en el caso de que un pedófilo termine cometiendo un delito contra menores, se considera que las capacidades cognitiva y volitiva no se ven alteradas, por sí solas.

Es decir, en estas personas existe un malestar por lo que, en caso de cometer el delito, son conscientes de sus actos y no se alejan de la realidad para la comisión del mismo, sino que se dejan llevar por sus impulsos y fantasías para la comisión del acto. De la misma forma, la capacidad volitiva tampoco se ve afectada pues pueden elegir no cometer el acto, aunque lo acaben consumando.

En conclusión, a menos que haya una comorbilidad con otros trastornos o problemas psicológicos, como consumo de drogas o algún trastorno del espectro de la esquizofrenia, que provoquen una alteración de dichas capacidades, se considera a la persona pedófila completamente imputable.

El tratamiento de la persona pedófila

Un aspecto en el que parece haber consenso en la literatura es la importancia del vínculo terapéutico, entendiendo este como la relación que se establece entre el psicólogo y su paciente mientras se lleva a cabo el tratamiento.

Actualmente parece ser que más que ir a cambiar una preferencia sexual profundamente arraigada en la persona, la terapia va enfocada al autocontrol. En cuanto a la terapia, la más aceptada es la terapia cognitvo-conductual, enfocada, como decíamos, más al control de dichas fantasías que al cambio de las mismas.

Este modelo permitiría al agresor sexual aceptar su fijación sexual, entender los antecedentes vitales de la misma, controlar los impulsos y disminuir la reincidencia, entre mucho otros aspectos (Calleja y Carrero, 2012; Londoño, 2017).

Hasta ahora, ha habido diversas terapias que, pese a ser relativamente eficaces, no han logrado los efectos deseados para revertir esta parafilia. A este respecto, me remito al trabajo de Balbuena Rivera (2014) donde se detallan las intervenciones en esta tipología de trastornos. Entre estas técnicas encontramos tales como la sensibilización encubierta, el recondicionamiento orgásmico o las técnicas aversivas, entre otras. También se han adaptado programas de prevención de recaídas en adicciones a la pedofilia. Esta terapia individual se combina con una terapia grupal bajo la cual se dan varias lecciones o sesiones de educación sexual, manejo del estrés o la ira…

Conclusión

Para concluir, quisiera añadir que, como vemos, este un caso muy complicado y complejo, especialmente debido a la prácticamente nula prevención y programas que tenemos en nuestro país que ayuden a las personas que sospechen de ser pedófilas, que presenten esa fijación. Sí es cierto que existen asociaciones de ayuda, pero estas están muy estigmatizadas y supone un auténtico reto el que la persona se plantee asistir. 

Como siempre, los principales esfuerzos deben estar enfocados en la prevención. Y esto pasa por una concienciación social de este trastorno. Evidentemente, no hablo de una normalización de la pedofilia, ni de una aceptación de la misma como orientación sexual.

Hablo de la concienciación de que hay personas con esa fijación, que necesitan ayuda y que el apoyo social es fundamental para que esa persona pida ayuda.

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