Inicios en la abogacía (II): gestión de los primeros expedientes

Publicado por Judith Martín Sánchez.

Continuando con la segunda parte de mi anterior artículo (“Inicios en la abogacía (I): adquiriendo hábitos y costumbres”). Esta vez quiero compartir una pequeña guía que he ido confeccionando sobre cómo gestionar a nuestros primeros clientes, a la que sigo añadiendo detalles.

Captación

Puesto que los novatos hemos de superar esa barrera que es la juventud y la consiguiente falta de experiencia, hemos de aplicarnos a fondo en este punto. Tenemos que estudiar cada tema con antelación y preparar la consulta (en algunos casos minuciosamente) para que el cliente vea que sabemos de lo que hablamos y que podemos ayudarle a solucionar su problema.  

Y, precisamente, eso es lo principal, saber de lo que hablas. Por ello, en el primer contacto es aconsejable hacerle ciertas preguntas generales sobre el caso. Algo fundamental es saber si estamos en plazo. Si el cliente quiere reclamar una indemnización tras sufrir un accidente, y han pasado 13 meses desde la estabilización de sus lesiones, no le hagamos perder su tiempo ni perdamos nosotros el nuestro.

En el momento de reunirte con él/ella, sé natural y cercano (pero sin tratarlo como si fuera tu colega), escúchale (deja que se explique, pero sin que se vaya por las ramas) y pregúntale acerca de lo que te está contando. No seas excesivamente técnico, cuéntale lo que necesita saber y sé firme en tus respuestas (si no sabes algo, simplemente dile que lo estudiarás o lo consultarás. Es peor que parezca que dudas, no darás seguridad ni confianza). Sé sincero en la viabilidad del asunto y las diferentes alternativas para lograr una solución. Nunca le digas al cliente lo que quiere oír solo con el fin de captarlo, de lo contrario, se convertirá en un asunto que te dé verdaderos dolores de cabeza.  

Es importante que desde este momento le dejemos claro al cliente que nos tiene que pagar (y sí, también las consultas). Es difícil entender que no cobramos por resultado (salvo primas de éxito), sino por nuestro tiempo. El tiempo que dedicamos a escuchar a un cliente y resolver sus dudas (a veces en media hora y a veces en dos o más) es tiempo en el que también trabajamos: aplicamos nuestros conocimientos y ese estudio previo al caso concreto y damos soluciones.

Hoja de encargo

Si el cliente decide contratar tus servicios, es el momento de explicarle el procedimiento a seguir y firmar la hoja de encargo. En ella se deben especificar muy bien los servicios que vas a prestar, los honorarios (cuánto, cómo y cuándo los vas a percibir) y las advertencias legales (costas, protección de datos, blanqueo de capitales, etc.). 

Todo ello, hay que explicárselo muy bien al cliente y asegurarnos de que lo entiende y que está conforme.

Comencemos con el trabajo jurídico

Ahora hay que recopilar toda la información que sea necesaria (y me refiero a soporte documental). Eso sí, llegado el momento, limitémonos a presentar aquélla que sea pertinente, útil y necesaria (y si podemos guardarnos un as en la manga, mejor). 

En cuanto a la redacción de escritos hay que intentar ser claros y concisos, sin utilizar expresiones del castellano antiguo ni de la antigua Roma. 

En cuanto al tipo de letra, una que se lea fácil, ni pequeña ni grande. Destaca aquello sobre lo que quieres hacer hincapié. Algunos no son partidarios de la negrita o las mayúsculas (por eso de que parece que chillas), pero creo que no está de más llamar la atención del receptor sobre aquello que consideras importante (pero sin abusar). 

Por otro lado, nunca olvidemos el respeto hacia el contrario y hacia el juez (sobre todo cuando, no estando de acuerdo con su criterio, vamos a recurrir). Podemos dar caña, pero hagámoslo con educación

En cuanto al contenido jurídico en sentido estricto, hay que tener muy claras: 

  1. La jurisdicción y competencia (¡ojo con los foros especiales!). 
  2. Acción/es que ejercitamos (no se puede acumular de todo). 
  3. Legitimaciones (¡cuidado con el litisconsorcio pasivo!). 
  4. Plazos (a veces hay que darse prisa).
  5. Dejar muy bien atado el suplico

Y si tenemos que contestar, prestad atención a las excepciones procesales que podáis esgrimir, que más de una vez se ha salvado al cliente con una de ellas.

Judicialización del asunto

Cuando tenemos que recurrir a los tribunales para solucionar el caso, lo primero que tenemos que tener claro es el tipo de procedimiento al que nos vamos a enfrentar. Tenemos que saber muy bien qué trámites hay que seguir, ya que hasta la audiencia previa, vista o juicio hay muchos pasos previos. En definitiva, hay que controlar el derecho procesal.

En los comienzos, ayuda tener al lado a un buen procurador, ya que ellos controlan bastante los trámites diarios y se relacionan mucho más con el cuerpo de gestión de los juzgados. Ahora, no hay que acomodarse, también tenemos que hacer estos trámites nosotros mismos, sobre todo porque en la mayoría de los casos somos quienes los redactamos y (también) firmamos.

Y a partir de aquí, a tener actualizada la agenda y a contar plazos dos veces.

Audiencias y juicios

Aquí sí que no puedo decir otra cosa que no sea que se aprende a base de hacer. Si formamos parte de un despacho, está claro que al inicio nos pasarán los asuntos que o bien estén ganados o bien estén del todo perdidos. Pero esto nos va a servir para aprender, ir cogiendo soltura y perder esa vergüenza o pequeño miedo al estrado.  

A base de repetir y repetir, iremos desarrollando nuestro propio estilo, adquiriremos recursos con los que hacer frente a los imprevistos (ya que cada vez controlaremos más el procesal) y mejoraremos nuestra oratoria, además de conocer a jueces y contrarios (que ya veréis lo que ayuda).

Siempre hay que llevar un guión, pero por favor, no leáis. Queda muy feo y da la impresión de que no nos hemos preparado bien el asunto. Puede servir de apoyo, para no perder el hilo o realizar apuntes que nos interese añadir posteriormente a nuestras conclusiones o informe, pero nada más. 

En vuestras intervenciones, levantad la cabeza, mirad alternativamente al juez y al contrario y llamad su atención en ciertos momentos. Si están los clientes, buscad su complicidad y dadles alguna señal de tranquilidad. No uséis un tono monótono, poned énfasis en los puntos importantes y, cuando las haya, preparaos unas buenas conclusiones o informe, breves y directas. Si pasáis de 10 minutos ya empezáis a alargaros en exceso (salvo que la complejidad del asunto lo requiera), haréis que el resto de partes desconecten y, además, al juez no le suele gustar (evitad el “Letrado/a, por favor, vaya acabando”).

Resolución

Finalmente, llega el momento más esperado: la resolución del litigio

Si es íntegramente estimatoria de nuestras pretensiones, estupendo, llamemos al cliente y démosle la enhorabuena. Si no lo es, llamemos también al cliente, hagámosle llevadera la desestimación de sus pretensiones y analicemos si vamos a recurrir o no

Sea cual sea el resultado, alegrémonos humildemente de las victorias y no nos desanimemos con las derrotas, lo importante es la satisfacción con el buen trabajo realizado.

Apunte final: trato continuo con el cliente

Es importante mantener al cliente informado de nuestros pasos y avances, haciéndole partícipe en el seguimiento del asunto. Pero tengamos claro que, si bien hay que seguir sus instrucciones, somos nosotros los profesionales, quienes diseñamos la estrategia, y quienes debemos guiarle por la que consideramos la mejor alternativa para defender sus intereses. 

Si hay que decir que no, se dice que no. Y si la relación se complica, no hay entendimiento y no puedes continuar con la defensa de sus intereses de la forma correcta, no pasa nada, comunícaselo, poned fin a la relación profesional y renuncia asegurándote de que no le causas indefensión. Los abogados no estamos obligados a entendernos con todos los clientes que entran por nuestra puerta y viceversa. 

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