La psicopatía infantil: ¿realidad o sensacionalismo?

Introducción

Por mucho que nos guste el morbo, por mucho que nos atraiga lo que algunas personas han llegado a hacer, por mucho que sintamos curiosidad como alguien puede comportarse más como un monstruo que como una persona… Lo cierto es que nos gusta vivir tranquilos, vivir ajenos a eso. Saber que nuestro país presenta una baja tasa de asesinatos. Nos gusta ver las estadísticas y ver que somos uno de los mejores países para vivir. Nos refuerza la idea de que, comparados con otros países, tenemos “suerte”.

Pero aun con todas las estadísticas favorables que queramos sacar, estas no ocultan una serie de realidades criminológicas que requieren de nuestra atención como sociedad, y como profesionales. Y no me refiero únicamente a las más de 1000 muertes que llevamos contabilizadas por Violencia de Género desde 2003. Me refiero también a una serie de actos que muchos tacharían fácilmente de “repugnantes” y más propios de “animales y monstruos” que de seres humanos. Hablo de la violencia entre hermanos, de la violencia filio parental, de la violencia paterno filial, de la violencia a mayores (de nuero a suegra, por ejemplo). Pero también hablo de la violencia entre menores. No únicamente al bullying, pues éste se basa en un sistema interpersonal de superioridad entre iguales. Hablo, en concreto, de “niños psicópatas”.

Menores asesinos

A menudo relacionamos la infancia con la inocencia, con la esperanza y la bondad. Y es innegable que estamos en lo correcto, que efectivamente los menores representan el futuro. Pero nunca podemos hablar de perfección.

Mary Bell, de 11 años, sentenciada como culpable de asesinato de dos niños, de 4 y 3 años de edad; Eric Smith, de 13 años, asesinó a otro menor de 5; Jon Venables y Robert Thompson, ambos de 10 años, secuestraron, torturaron y asesinaron a un niño de 2 años. Rafael García (El Rafita) tenía 14 años cuando se le condenó por violación y asesinato; Sergio, también de 14 años, asesinó a su pareja, de su misma edad; Raquel e Iria, acuchillaron (32 veces para ser precisos) a una compañera de clase, de 16 años; José Rabadán (el asesino de la Catana), con solo 16 años de edad mató a sus padres y a su hermana menor con síndrome de Down, ésta última en un supuesto acto de bondad pues creía que su hermana no sobreviviría sola y prefirió darle muerte. La lista podría ser mucho más larga.

Como vemos, no hace falta salir de nuestras fronteras para ver que no todos los niños ni adolescentes representan la bondad ni la esperanza. Algunos de los casos mencionados ya contaban con antecedentes policiales antes de cometer los asesinatos. Las causas que los llevaron a cometer cada uno de los crímenes son objeto de análisis pues cada cual tenía diferentes motivos y diferentes objetivos para llevar a cabo esos delitos. Lo más terrible de todo es que dentro de este grupo de “menores asesinos” existe un subgrupo de menores psicópatas.

La psicopatía en la infancia y adolescencia

Como decía, un subgrupo de esos menores encajarían dentro de la etiqueta moderna de “psicopatía”, entendida ésta como un patrón de personalidad caracterizado por una falta de empatía, remordimientos y culpa. Los rasgos de personalidad de la psicopatía llevan cerca de 20 años establecidos por el Dr Robert Hare, y entre ellos encontramos la frialdad emocional, la falta de empatía, la manipulación, o la impulsividad, entre muchos otros. 

Muchos investigadores, incluso actualmente, se niegan a hablar de “menores psicópatas” por diferentes motivos, entre los cuales está la carga y peso que supone la etiqueta de “psicópata” en un menor y la dificultad de hablar propiamente de “personalidad” en personas con tan poca edad (pues sabemos que la personalidad se construye). No planeo en este post dar una respuesta a si podemos hablar o no de “menores psicópatas”, sino más bien intentar ver si realmente podemos hablar de unos rasgos psicopáticos ya en la infancia.

Pardo (2007) se hace la gran pregunta que nos ocupa: ¿podemos identificar a un futuro psicópata ya desde la infancia? Las investigaciones parecen apuntar precisamente a que sí: podemos identificar los rasgos clave de la psicopatía ya desde la infancia.

Esta conclusión surge de dos líneas de investigación principales. Una, guiada por Hare (1991), que indica, mediante estudios retrospectivos, que la personalidad psicopática acostumbra a mostrar un inicio de conductas problemáticas y persistentes en el tiempo. Una segunda línea, liderada por autores como Moffit (1999) o Casspi (2000), se basa en estudios prospectivos en los que parece demostrarse el mantenimiento de conductas antisociales desde la infancia, a la adolescencia y la adultez. 

Como pequeño inciso terminológico, quisiera aclarar que por antisocial en ningún caso nos referimos a “alejarse de la sociedad” o “preferir estar solo” o “no querer relaciones interpersonales”, pues esos ejemplos encajan bajo la etiqueta de asocial, sino que nos referimos a unas conductas que van contra las normas, sociales y legales, que rigen en un contexto determinado (grupo, sociedad, cultura, país).

No seamos alarmistas

El que detectemos conductas antisociales en la infancia o adolescencia es incluso normal y habitual en nuestra sociedad. Todos nosotros conocemos casos en los que hemos llamado al telefonillo de alguien solo por hacer la broma, todos hemos tenido algún que otro berrinche cuando éramos críos y difícilmente vamos a encontrar a alguien que no haya tenido nunca una “conducta problemática”. Con esto quiero remarcar que la inmensa mayoría de las veces las conductas problemáticas remiten de forma natural y no hay que darle mayor importancia.

Podríamos poner multitud de ejemplos pero uno bastante simple es la conducta antisocial, en tanto que va en contra de las normas, de saltarse clases en la secundaria. Todos conocemos a alguien que lo haya hecho, si no nosotros mismos, y difícilmente vamos a acusar a alguien de psicópata por haberse saltado alguna clase. La remisión es natural y habitual.

¿Qué rasgos de personalidad podemos encontrar en la infancia?

Johnstone y Cooke (2004), realizan un estudio de revisión en los que repasan los estudios de la última década respecto a la presencia de rasgos típicos de la psicopatía en la infancia y adolescencia. A lo largo del trabajo se analizan varios de los rasgos clásicos de la psicopatía y su presencia en menores y adolescentes.

Comportamiento impulsivo e irresponsable

La impulsividad es un gran pilar propuesto en la psicopatía, siguiendo el modelo de Hare (2003), y junto a la irresponsabilidad, la falta de empatía y la conducta antisocial, representan la esencia de la personalidad psicopática.

Para la irresponsabilidad podemos remitirnos al ya clásico trabajo de Elmer (1978), quien puso de manifiesto que alrededor de los 5-7 años, los menores pueden ofrecer explicaciones causales de relieve. Es decir, a esas edad pueden asumir, o no, responsabilidad sobre sus actos y aquellos que ocurren a su alrededor.

En cuanto a la impulsividad, cabe destacar la gran literatura científica que la relaciona con la conducta antisocial (Farrington, 1995; Russo, Lahey, Christ, y Frick, 1991). Algo importante a matizar en este aspecto es que la impulsividad no implica necesariamente una conducta antisocial o ilegal. Es decir, las personas con conductas del tipo impulsivo no necesariamente van a delinquir pues la conducta delictiva se explica más por variables sociales, educativas o económicas que por variables de personalidad. 

Por ejemplo, la impulsividad puede ser útil para un soldado o un agente de seguridad, quien tiene que tomar decisiones de forma rápida ante eventos inesperados. 

Déficit afectivo

Fueron los trabajos de Stilwell, Galvi, Kopta y Norton (1994) y de  Meerum y Steege (1995) los que apuntan a que, aunque de forma rudimentaria, a los 18 meses de edad se dan los prerrequisitos cognitivos para el desarrollo de la toma de perspectiva y de diferenciación entre lo ajeno y lo propio. En otras palabras, no es nada descabellado decir que a partir de los 18 meses y de forma rudimentaria, los menores ya pueden sentir culpa y remordimientos

La ausencia de estos sentimientos nos permitiría identificar el desarrollo de una potencial personalidad psicopática por lo que resulta fundamental poder identificar ese déficit afectivo.

Mentira y manipulación 

La mentira y manipulación, junto con el encanto superficial y el sentimiento de autovalía representan los rasgos más útiles a nivel social que tiene el psicópata. La mentira y la manipulación son fundamentales para llevar a cabo sus objetivos y son incluso necesarios y útiles en contextos políticos e institucionales (¿alguien ha visto a algún líder político que no mienta o manipule la información? Yo tampoco).

La mentira es algo en realidad bastante complejo psicológicamente hablando, pues la persona debe ser consciente de aquello que sabe, de aquello que sabe la persona a quien quiere mentir y de la situación contextual que hay en ese momento. Es una auténtica habilidad.

Dunn, Brown, Slomkowski, Tesla, y Youngblade, en 1991, comprobaron como la mentira es algo que aparece a tempranas edades. Desde la década de los 70 diferentes estudios (Behar, 1977; Stouthamer-Loeber, 1986; Mitchell y Rosa, 1981) han ido comprobando la presencia de la mentira desde una edad temprana, llegando a notificar que el 75% de los padres y profesores afirman la existencia de alguna mentira por parte de sus hijos y estudiantes (Stouthamer-Loeber, 1986) y de la mentira como precursor de la conducta delictiva (Mitchell y Rosa, 1981).

La heterogeneidad del perfil

El mayor problema con el que nos encontramos en estos casos es la heterogeneidad del perfil psicopático. No hay dos psicópatas iguales. Pese a compartir muchos aspectos, Ted Bundy y Alfredo Galán tienen diferencias fundamentales: mientras que el segundo se daba a la bebida y al consumo de sustancias, Ted Bundy se mantenía abstemio para sus crímenes. 

Lo mismo sucede con este tipo de delincuentes. Patrones conductuales correspondientes a lo que se conoce por “Trastorno de la Conducta” o “Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad” comparten ciertos aspectos, sobretodo en la infancia, con la psicopatía, por lo que conocer bien a la persona y sus circunstancias es algo fundamental para diferenciar un perfil de otro. Poder diferenciar entre los diferentes perfiles resultará de vital importancia a fin de poder intervenir de forma eficaz.

Los trabajos de clásicos de Cleckley, en los 40, ya hacían especial énfasis en la gran importancia de los rasgos afectivos como factores clave de la psicopatía. Asimismo, autores como Cleckley (1976), Frick y Ellis (1999) o Patrick et al. (1997) consideran los déficits emocionales (falta de culpa, remordimiento y empatía) como las características nucleares de la psicopatía. Es decir, para hablar de psicopatía como tal, debemos ser capaces de identificar esos rasgos. Lo mismo para poder hablar de tendencias psicopáticas.

Impacto criminológico de la psicopatía

El trabajo en 2008 de Torrubia y Cuquerella en muestra española nos da una idea de la problemática que supone en nuestros centros penitenciarios la población psicopática. Mientras que los criterios del Trastorno Antisocial de la Personalidad son cumplidos por aproximadamente un 65% de la población reclusa, cerca del 15-20% de la población cumpliría con los criterios psicopáticos establecidos por Hare y su equipo en su test de evaluación, el PCL-R (Hare, 1996).

Por razones que postulo en el siguiente apartado, hablar de psicopatía en población menor de edad resulta, cuanto menos, poco prudente. Es principalmente debido a esto que no tenemos datos objetivos acerca del impacto que esta población criminal tiene en nuestro sistema jurídico. Además, de la misma forma que sabemos que la mayoría de las personas con esos rasgos psicopáticos no delinquen (o se las apañan para no llamar la atención durante toda su vida), lo mismo sucede con los menores de edad, los cuales no caen en asesinatos, robos con violencia u otras prácticas ilegales. 

El tratamiento de la psicopatía

Como ya mencioné en un post parecido, la psicopatía no tiene, actualmente, un programa de tratamiento específico. Son diversas razones por las que esto sucede, pero no quisiera explayarme demasiado en este tema. Sí me gustaría, sin embargo, hacer referencia a las palabras de Lösel (2000) quien nos pide no confundir el conocimiento empírico con la creencia básica de que los psicópatas no tienen tratamiento. Y a este respecto, algo de especial importancia son las revisiones de Garrido, Esteban y Molero (1996);  Lösel (1996) y Wong (2000) quienes ponen de manifiesto claras deficiencias metodológicas en los programas de tratamiento realizados hasta entonces. 

Más que enfocarlo a un tratamiento como tal, las investigaciones al respecto de la psicopatía infantil y juvenil van encaradas a la prevención primaria, es decir, a una correcta identificación de los rasgos que venimos comentando hasta ahora a fin de poder intervenir de una forma eficiente antes de que se cometa un delito (si es que se comete). 

La prevención resulta importante debido a las diferencias criminológicas que la población psicopática tiene respecto a las demás personas que delinquen. A diferencia de otros criminales, los psicópatas cometen más delitos, más graves, empiezan antes y terminan más tarde. Una vez entrados en el bucle de delincuencia, su salida es realmente difícil. Es vital identificar esos rasgos afectivos e interpersonales claves que menciona Cleckley (1941) como nucleares de la psicopatía. Es responsabilidad de la propia sociedad, y del propio sistema, el hacer todo lo posible para el bienestar de los menores, los jóvenes, las familias y la sociedad. 

Conclusión

Para terminar, y a modo de síntesis y opinión personal, quisiera destacar el párrafo que considera la psicopatía como un constructo discreto, es decir, diferenciable de forma dicotómica (sí o no) de otros. Mediante este planteamiento podemos diferenciar al delincuente psicópata del que no lo es; algo fundamental teniendo en cuenta la dificultad de tratamiento que plantea la psicopatía en sí misma. Otras perspectivas más dimensionales, como las de Hare (2003) o Blackburn (1979) no permiten diferenciar de forma tan precisa a un psicópata de alguien que no lo es, al considerar una heterogeneidad en el perfil tan grande que no acota nada. La famosa frase de hecha de “el que mucho abarca poco aprieta” vendría de perlas como ejemplo práctico de lo que intento decir. 

Por último, siguiendo las tesis de Johnstone y Cooke, no soy de la opinión de hablar de “niños psicópatas”, de poner dicha etiqueta a personas de 5, 6, 10 o 14 años. Me parece precipitado y poco prudente, además que encuentro mucho más acertado hablar de “menores con rasgos de personalidad psicopáticos” que, pese a ser más largo, resulta mucho más preciso.

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