Mitos sobre la violación y su relación con la cifra negra

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Publicado por Verónica Álvarez Martínez.

Las agresiones sexuales tienen un alcance a nivel mundial tal que la Organización Mundial de la Salud (2019) las concibe como un problema de salud pública y un problema de Derechos humanos, especialmente concerniente a las mujeres. Tan es así, que el miedo al delito se articula, para el género femenino, en torno a la posibilidad de ser víctima de una agresión sexual (Mellgren & Ivert, 2018). 

Agresiones sexuales en datos 

A pesar de que la violencia sexual se considere como uno de los crímenes más nocivos y dañinos para la sociedad (McCollister, French & Fang, 2010), poco sabemos al respecto. Sin ir más lejos, no contamos con una aproximación al número real de agresiones sexuales que acontecen en el país. En España los datos son escasos y desactualizados. Hace unos años se afirmó que un 13.7% de las mujeres había sido víctima de violencia sexual en algún momento de su vida (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, 2015). Lo cierto es que recabar datos veraces sobre la temática deviene ardua tarea, provocando una de las cifras negras más elevadas de todas las tipologías delictivas existentes. Sabemos que tan solo se traslada a los cuerpos policiales un 23% de las agresiones sexuales, siendo el delito menos denunciado de entre los contemplados (Bureau of Justice Statistics, 2017). De forma algo más positiva, Lichty y Gowen (2018) afirmaron que se reporta entre un 32-35%, existiendo poca variación en las cifras entre la literatura. 

Si bien en otras tipologías delictivas, los datos oficiales pueden ser comparados con las encuestas de la victimización para tener una mirada más acorde a la realidad, ello se imposibilita – incluso puede resultar contraproducente – en el estudio de los delitos que atentan contra la libertad sexual. Se ha hallado que las mujeres víctimas de algún tipo de violencia sexual prefieren la etiqueta de agresión sexual a la de violación aunque en efecto hayan sufrido la segunda y no la primera (Donde, Ragsdale, Koss & Zucker, 2018). La razón se halla en el simbolismo atribuido a una y otra, siendo la agresión sexual una forma más benigna de relatar la violencia sufrida, otorgando un espacio más cómodo a la víctima para narrarla (Peterson & Muehlenhard, 2011). 

Influencia de los mitos de la violación

Aunque ignoremos las cifras exactas, sí podemos conocer las variables explicativas de tan bajo número de denuncias, dato especialmente relevante para el diseño de planes de acción. Uno de los factores más relevantes es la no identificación de los hechos como un delito (Yndo & Zawacki, 2017; Zinzow & Thompson, 2011). Aquí entran en juego los mitos de la violación, esto es, creencias estereotipadas y falsas que dificultan la identificación de unos hechos como agresión sexual, incluso a pesar de cumplir de forma manifiesta los criterios legales para su apreciación. 

En el imaginario colectivo se viene a concebir la violación como un acto de la violencia más feroz dirigida contra una víctima desamparada que iba caminando tranquila por la vía pública y nada pudo hacer para repeler el ataque. Cuando unos hechos no encajan con tan rígida y estereotipada definición, la responsabilidad se traslada a la víctima mediante los mitos de la violación. Así, si los hechos se cometieron sin violenciarecordemos que el tipo delictivo prevé su comisión a partir de la intimidación – no es violación, pues la víctima podía haberse resistido. 

También podría sugerirse que la mujer precipitó la violación a causa del tipo de ropa que portaba, por la forma provocativa en la que actuó o por haber tomado decisiones tan banales como hacer uso del espacio público en horas nocturnas. Y cuidado, porque en el país inglés vecino un 22% de los varones afirman que las mujeres con una vida sexual activa suelen ser responsables de la violación (British Amnesty International, 2005). No hablamos de poblaciones o tiempos arcaicos, sino de realidades actuales. Otro dato: un 13% de jóvenes cree que las mujeres víctimas de una agresión sexual han tentado al hombre en un momento inmediatamente anterior a la comisión del delito (Jamshed & Kamal, 2019).

La aceptación de estos mitos no es un proceso consciente. Están implantados en la mayoría, incluso en las víctimas que, de esta manera, pueden no identificar la experiencia como una agresión sexual. Es evidente que de no ser conscientes de haber sufrido un delito, la denuncia ni tan si quiera se plantea, no reflejándose así en las estadísticas. El movimiento #YoSiTeCreo tiene mucho que ver con la visibilización y lucha contra estos mitos. 

¿Por qué existen los mitos de la violación? 

La institución de estos mitos no es macabra o cruel, sino que se mantienen porque cumplen con una función social. La más postulada entre las investigaciones nos remite a la Teoría del Mundo Justo de Lerner (1980), que de forma abreviada viene a decir que a la gente buena le ocurren cosas buenas y que a la gente mala le ocurren cosas malas. Por ello, cuando a alguien inocente le sucede una desgracia, existe tendencia a buscar maneras de darle sentido. De la misma forma, se buscan definiciones prototípicas a la violación para hacerla predecible y salvaguardar la seguridad del individuo. Es una reflexión similar a la siguiente:

“si la víctima que no es promiscua, que no vestía provocativamente, que mostró una negativa clara y que estaba con su pareja fue agredida sexualmente, ¿qué puede evitar que yo sea agredida sexualmente también?”.

Nuestro cerebro trata de aumentar de forma ficticia la previsibilidad de las desgracias, de dotar a la sociedad de cierta sensación de control ante eventos aleatorios, y de desechar pensamientos perturbadores que implican aceptar que hemos sido víctimas o que hemos sido autores de una agresión sexual (Lonsway & Fitzgerald, 1995). 

Conclusiones

Y toda esta información puede servir para que, cuando estemos escuchando una noticia sobre la comisión de algún delito de naturaleza sexual, seamos conscientes del intento que emprenderá nuestra psique para preservar cierta sensación de seguridad y equilibrio interno

Seguro que pensaremos que a nosotros no nos puede ocurrir, y para ello es fácil recurrir a elementos que nos alejen de las características o conducta de la víctima. Sin embargo, a tenor de lo expuesto, no es recomendable desplazar la responsabilidad a quien no actuó como verdugo, pues ello sería indicativo de un patrón de pensamiento cuyas consecuencias no solo tendrán efectos externos (p. ej. promover la revictimización de la víctima), sino también a nivel interno, como dificultar la identificación de una experiencia como agresión sexual.

Sería lógico pensar que deshacernos de estos mitos podría favorecer una mejor aprehensión del fenómeno, reduciendo así la cifra negra que rodea a esta tipología delictiva. No obstante, para que esta hipótesis devenga tesis (o no) se requiere de más investigación al respecto

Referencias 

  • British Amnesty International. (2005). Amnesty International Report 2005 on the state of the world’s human rights. Retrieved from https://www.amnesty.org/download/Documents/POL1000012005ENGLISH.PDF 
  • Bureau of Justice Statistics. (2017). National Crime Victimization Survey. Retrieved from https://www.bjs.gov/content/pub/pdf/cv17.pdf 
  • Donde, S., Ragsdale, S., Koss, M., & Zucker, A. (2018). If it wasn’t rape, was it sexual assault? comparing rape and sexual assault acknowledgment in college women who have experienced rape. Violence Against Women, 24, 1718- 1738. doi:10.1177/1077801217743339 
  • Jamshed, N., & Kamal, A. (2019). Prevalence of Rape Myths and Sexual Double Standards Among University Students in Pakistan. Journal of Interpersonal Violence, 088626051984428. doi:10.1177/0886260519844282 
  • Lerner, M. (1980). The belief in a just world: A fundamental delusion. New York: Plenum. 
  • Lichty, L. F., & Gowen, L. K. (2018). Youth response to rape: rape myths and social support. Journal of Interpersonal Violence, 1, 1-21. doi:10.1177/0886260518805777 
  • Lonsway, K., & Fitzgerald, L. (1995). Attitudinal antecedents of rape myth acceptance: A theoretical and empirical reexamination. Journal of Personality and Social Psychology, 68, 704- 711. doi: 10.1037/0022-3514.68.4.704 
  • McCollister, K., French, M., & Fang, H. (2010). The cost of crime to society: New crime-specific estimates for policy and program evaluation. Drug and Alcohol Dependence, 108, 98-109. doi: 10.1016/j.drugalcdep.2009.12.002 
  • Mellgren, C., & Ivert, A. (2018). Is women’s fear of crime fear of sexual assault? A test of the shadow of sexual assault hypothesis in a sample of Swedish University students. Violence Against Women, 107780121879322. doi:10.1177/1077801218793226 
  • Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. (2015). Macroencuesta de violencia contra la mujer 2015. Recuperado de http://www.violenciagenero.igualdad.mpr.gob.es/violenciaEnCifras/estudios/col ecciones/pdf/Libro_22_Macroencuesta2015.pdf 
  • Organización Mundial de la Salud. (2019, November 22). Sexual and reproductive health [Sexual Violence]. Retrieved from https://www.who.int/reproductivehealth/topics/violence/sexual_violence/en/ 
  • Peterson, Z., & Muehlenhard, C. (2011). A Match-and-Motivation Model of How Women Label Their Nonconsensual Sexual Experiences. Psychology of Women Quarterly, 35, 558-570. doi: 10.1177/0361684311410210 
  • Yndo, M., & Zawacki, T. (2017). Factors influencing labeling nonconsensual sex as sexual assault. Journal of Interpersonal Violence, 1, 1-20. doi: 10.1177/0886260517699948 
  • Zinzow, H., & Thompson, M. (2011). Barriers to reporting sexual victimization: prevalence and correlates among undergraduate women. Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, 20, 711-725. doi: 10.1080/10926771.2011.613447 

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