Etiquetas diagnósticas en psicología forense: ¿una solución o más problemas?

Publicado por Edgar Artacho Mata.

Este es el primero de una serie de textos que quisiera escribir con un objetivo común: debate y reflexión. Considero que todo cambio debe venir antes por estos dos procesos y para ello planteo aquí una idea, la mía. Ni de lejos pretendo que esto quede como un texto arrogante o la palabra de la psicología. Dicho lo anterior, y en tanto que desconozco el grado de familiaridad del/a lector/a al respecto de la psicología (y de la psicología forense), me tomaré la libertad para construir mis argumentos desde la base.

La psicología es una ciencia. Suena obvio, pero parece que es algo que las psicólogas debemos recordar de forma constante. En tanto que somos una disciplina científica, tenemos un objeto de estudio y un método, científico, de estudiarlo. A grandes rasgos, existen dos grandes paradigmas de la psicología: el paradigma conductual y el paradigma cognitivo. El primero (conductismo) tiene como objeto de estudio la conducta, mientras que el segundo (cognitivismo) tiene como objeto de estudio los procesos mentales. Como he dicho antes, no pretendo hablar en nombre de la psicología ni de ninguno de sus paradigmas, solo daré mi opinión que se basa en el paradigma conductual.

El conductismo es una filosofía, una forma de entender la psicología. Como tal, defiende que la psicología tiene un objeto de estudio (conducta) y que tiene un nivel de análisis propio (podríamos estudiar la conducta estudiando los átomos, pero ese sería un nivel de análisis propio de la física). Dicho nivel de análisis se centra en la conducta como una relación entre el organismo y su entorno. A fin que se me entienda mejor con esto (pues es la base de todo lo que argumentaré), podríamos decir que la “conducta” es algo similar al “delito”. Ninguna de las dos existe de forma natural y tangible, material o física. Son inferencias y abstracciones artificiales (salvando las distancias y matizando). No puede existir delito sin “ley” y sin “individuo” que lo cometa, igual que no puede existir conducta sin “entorno” ni “organismo” que lo realice. Modificando la “ley”, podemos modificar el delito y modificando el “entorno” podemos modificar la conducta”. 

Aclarado lo anterior, podemos empezar a hablar de “Trastornos Mentales”. Los “Trastornos Mentales” están clasificados en el Manual Diagnóstico de la APA, el DSM (en su quinta versión actualmente) clasifica y “regula”, de alguna forma” lo que se considera un “Trastorno Mental” y lo que no. Por ejemplo, la “Psicopatía” estaba estipulada como un “Trastorno de la Personalidad” en las dos primeras versiones del DSM y, a partir de la tercera, se diluyó para incluirse dentro de lo que se llamaría, y se conoce aún, como “Trastorno Antisocial de la Personalidad”. A lo largo de las versiones, y sus revisiones, han ido apareciendo y desapareciendo categorías diagnósticas. No es mi objetivo cuestionar el proceso de decisión de dichas categorías pero sí aclarar algo: las categorías diagnósticas son etiquetas resumen de “síntomas”. Es decir, se agrupan una serie de “síntomas” que nos permiten identificar las etiquetas. De la misma forma, esta clasificación permite simplificar la comunicación entre profesionales (cualquier psicólogo sabe lo que implica, más o menos, una “depresión” o un “Trastorno Límite de la Personalidad”).

Como se habrá visto, algo fundamental es que las etiquetas no existen como entidades propias. En psicología no hablamos de virus o bacterias que provocan los síntomas y, por tanto, el objetivo es la eliminación de dicho virus o bacteria. En psicología estamos hablando de síntomas que conforman categorías diagnósticas. Los “síntomas”, sin embargo, no son explicación de las categorías diagnósticas. Las categorías diagnósticas son el resumen de sus síntomas. Otro punto importante, que enlaza con lo que se comentaba del modelo psicológico, es que esta concepción de la psicología sigue el conocido como “modelo biomédico”. Es decir, la equiparación, al mismo nivel, de la psicología y la medicina. Los síntomas, en esencia, son conductas. Éstas, al estar bajo el paraguas del modelo biomédico son llamadas “síntomas”. Un “Trastorno Mental”, por tanto, es un conjunto de síntomas, por tanto, un conjunto de conductas.

Siguiendo con la definición anterior de “conducta como relación entre el organismo con su entorno” podemos ver como esta definición queda completamente olvidada bajo un prisma médico. Las relaciones son naturales (por eso la psicología es una ciencia natural) y, en consecuencia, no pueden enfermar ni trastornarse. En resumen, al menos bajo un paradigma conductual, no tiene sentido hablar de “Trastorno Mental” y mucho menos de “Enfermedad Mental”, pues aunque existiera la mente, ésta no es un órgano para que pudiera enfermar. En todo caso, y si fuera el cerebro, deberíamos hablar de una enfermedad cerebral o neuronal (como el Alzheimer) y no sería ese un “problema” (en cuanto a explicación) de la psicología. La psicología, en temas de enfermedades, no es más que otra herramienta del sistema de salud. Colabora, la psicóloga, con otras especialistas de la Salud, cada una desde su campo y desde su disciplina. El punto importante, es que la psicología debe encargarse de explicar las conductas, no las enfermedades (aunque pueda colaborar en la intervención de éstas últimas).

El Análisis de Conducta es la ciencia subyacente al conductismo (recordemos que éste es un marco de referencia). Como tal, dicha ciencia tiene como objeto de estudio la conducta y la entiende como una relación. Por consiguiente, no tiene sentido hablar de “Trastornos” ni de “Enfermedades” en cuanto a psicología se refiere. La técnica principal del Análisis de Conducta se conoce como Análisis Funcional de la Conducta que, como su nombre indica, tiene por objetivo explicar la conducta mediante relaciones funcionales del organismo con su entorno (nada que no haga la Física – e=mc2 -, o la Química – PV=nRT -). El Análisis Funcional (AF en adelante) pretende pues establecer relaciones funcionales, siguiendo fundamentalmente las Leyes de Aprendizaje, que dar resultado a las conductas. Para ello se consideran dos elementos principales: el individuo y su entorno. A su vez, se conciben las “Variables Disposicionales” que son todas aquellas que tienen la capacidad de influir en la relación (personalidad, motivación, enfermedades, creencias, valores…).

Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con la psicología forense? Bueno, era necesario establecer todo lo anterior para entender la siguiente afirmación: las etiquetas diagnósticas no tienen sentido en psicología. Por tanto, tampoco el mundo jurídico debería hablar de etiquetas diagnósticas. Quizá el apartado más interesante para la psicología forense son los artículos 20 y 21 del Código Penal, que es donde se regulan los posibles eximentes y atenuantes de responsabilidad penal. Cabe aclarar que no es función de la psicóloga hablar de atenuantes ni de eximentes, ésta es tarea exclusiva del juez.

Es relevante porque, como psicólogos, debemos tener un conocimiento de las categorías diagnósticas y su afectación a nivel cognitivo y motor. Como psicólogos forenses, este conocimiento debe ser más profundo, si cabe, pues de nuestro conocimiento y nuestra capacidad para identificar la afectación cognitiva y motora (y su grado) puede depender, en gran parte, el futuro a corto y medio plazo de una persona

Se entiende que las etiquetas diagnósticas pueden ayudar a esa clasificación. Por ejemplo, no cualquier etiqueta diagnóstica implica necesariamente una alteración de las capacidades cognitivas o volitivas de la persona. De hecho, incluso un “Trastorno de la Personalidad”, como el Antisocial, no es sinónimo de un atenuante aun cuando los “Trastornos de la Personalidad” son considerados como “graves”.

Pero, si la psicología no necesita de etiquetas diagnósticas, ¿por qué las necesita la psicología jurídica? Si podemos identificar esa afectación mediante un Análisis Funcional, ¿para qué queremos las etiquetas? ¿Necesitamos realmente una “esquizofrenia” para hablar de una reducción de la responsabilidad penal? ¿Por qué necesitamos concebir la psicología desde la medicina para que a un individuo se le atenúe o exime de responsabilidad penal?

Creo que todas estas preguntas son relevantes y deben seguir un proceso de reflexión y de replanteamiento de nuestro propio sistema, en lo referente a la psicología forense al menos. Quizá abandonar un sistema penal punitivo y avanzar a uno restaurativo u olvidar que el individuo es ajeno a lo social. Entender que no hay individuo sin sociedad y que todo lo que el individuo hace (la conducta) es producto de su historia de aprendizaje y tiene sentido en base a eso. Avanzar, poco a poco, a un sistema donde se valore al ser humano y se busque, ante todo, el bienestar.

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